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Jueves, 16 de agosto de 2007

La Señora de X en El Desagüe


Entonces, habiendo no resistido la fatiga del día, no tolerando la indiferencia de sus ojos que la televisión preferían como ya cotidiano oprobio, escupió una cachetada que rompió el aire. La primera gota de sangre resbaló por el labio carnoso de la mujer: todo había comenzado y ya no podía detenerse.







Como siempre nos confirma la nostalgia, los primeros días de conocerse fueron idílicos. Él, Carlos, era moralmente perfecto, religioso, y esto sedujo a la mujer, porque el Príncipe Azul de su cultura exigía tales atributos. Ella, Andrea, la seducida, ni menos ni más era el yugo igual recomendado por cualquier rabino: una hembra, aparte de bonita y de culo erguido, en perfecta concordancia con la doctrina del Santo Apostol. Pasado el tiempo de una corta amistad, casi obstaculizadora de la pasión, y como es normal en nuestros jovenzuelos, todo se desencadenó según el desarrollo normal de las parejas: besos, manos juntas, besos en… El amor de significado sincero que se profesaron desde un comienzo poco a poco sustituyó a Dios, y llevó a la feliz pareja a la intimidad más profunda posible: el coito humano. El acto sexual hizo amarras tan gruesas que ni el Destino (esa infinita cadena de causas y efectos), aunque propuesto lo hubiese, pudo separarles ni la carne ni el alma.



Sin embargo, se dice, y se dice bien, que los defectos, la faz del alma verdadera, se agazapa y espera paciente hasta que la pasión se escurre y deja mínimas fisuras; y aparece con el tiempo, disolvente universal, la mancha del acto; y por esas mínimas fisuras se mira el defecto, se ve y se cuela el egoísmo como un perfume, hasta que impregna los asuntos más cotidianos y baladíes. En definitiva se destruye hasta el amor más prometido, como alguna vez lo intuyó la conciencia religiosa de Carlos superficialmente. Es probable encontrar algo de esta luctuosa dinámica del amor en los motivos del señor X, un ser religioso; dinámica que me propuse esbozar sucintamente, sin rigurosidad. Hace ya tiempo el ser-religioso, en algunas culturas, no es opuesto al ser-asesino. Hay un poder justificador en la fe…



Exactamente, la primera semilla de este horror-crimen, si se me permite esta imagen de parábolas, se sembró en el instante del celo que proviene al descubrir el libidinoso pasado del otro, de la pareja, pasado que en este siglo de apología de la promiscuidad es muy vasto. No tuvo X la normalidad para digerir (¡la normalidad!), ni siquiera la voluntad de olvido para apaciguar el dolor recalcitrante de los viejos pecados. Fue su mente incapaz de un discernimiento esencial y básico: la distinción entre lo pasado y lo presente. Hizo, desquiciadamente, historia contemporánea de todos los pormenores que su mujer le refirió, ingenuamente, en muestra de confianza absoluta. El corazón se le atolló de rabia ante amores y deseos y fruiciones pasadas, en un espasmo espeso, sin saber si a causa de celos inútiles o si a causa del descubrimiento de la imperfección moral o si a causa del pecado en el ser que creía más perfecto, la mujer, su mujer. Así que la mató, según él, porque se lo merecía.



El narrador, antes de continuar el detallado desenlace, se declara incompetente en su carne. Ha querido reflexionar en torno al tema escabroso, pero no encuentra justificación. Piensa que los hechos son atribuibles a pulsiones animales que aún habitan en nosotros; pulsiones que la evolución, en su tardo avance de buey, no ha podido desterrar. Pulsiones que, afortunadamente, la mayoría de los hombres domina bajo diversos pretextos: la religión, la moral, el amor o un vago concepto del éxito.







Y ya no podía detenerse. Después de la cachetada, frágil en el suelo, de una firme patada la destungó como un niño mañoso descabeza un geranio. Se partió el cráneo, como una fruta sabrosa, contra la mesita de centro. No había dudas, por el desparramo de sesos, de su muerte.

El último problema antes del remordimiento que sigue al crimen pasional ejecutado con mínimo método, es asunto común a todo asesino: el desaparecimiento del cadáver. Sin duda con otros fines más piadosos, el Dios de X había movido los hilos de la vida para que al momento del arrebato se encontrara entre los utensilios de la casa una juguera, aparato moderno y práctico que había demostrado ser muy bueno para moler el maíz y los huesos de las celebradas cazuelas (atributo más famoso de la muerta, después de su devoción al marido). X pensó: “ …la juguera…”. Y fue cuestión de una sola semana parsimoniosa. La cortó en trozos el martes; el miércoles los hirvió, para ablandarlos, en la olla; el cocido de la olla, a la juguera, un viernes. Hizo zumo bastante espeso de cada miembro de la mujer. Y se deshizo del cuerpo, y talvez del alma, gota a gota por la cañería, el domingo.


Por: Miguel Alejo | Prosas | Comentarios (0) | Referencias (0)

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