Martes, 07 de octubre de 2008
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Viernes, 23 de noviembre de 2007
Cómo van pasando tantas cosas
caras, amigos, rencores
amores y olvidos
cómo vas pasando tú
entre la niebla húmeda
y estas paredes que se
llenan de tu ausencia
larga, demasiado larga
que ya se hace eterna, perpetua
y amenaza desaparecer, como los
verdes bosques que de antaño
crecen mi pueblo.
Miguel Rodrigo Concha, en Poemas de juventud adolescente, 2006.
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Jueves, 16 de agosto de 2007
Entonces, habiendo no resistido la fatiga del día, no tolerando la indiferencia de sus ojos que la televisión preferían como ya cotidiano oprobio, escupió una cachetada que rompió el aire. La primera gota de sangre resbaló por el labio carnoso de la mujer: todo había comenzado y ya no podía detenerse.
—
Como siempre nos confirma la nostalgia, los primeros días de conocerse fueron idílicos. Él, Carlos, era moralmente perfecto, religioso, y esto sedujo a la mujer, porque el Príncipe Azul de su cultura exigía tales atributos. Ella, Andrea, la seducida, ni menos ni más era el yugo igual recomendado por cualquier rabino: una hembra, aparte de bonita y de culo erguido, en perfecta concordancia con la doctrina del Santo Apostol. Pasado el tiempo de una corta amistad, casi obstaculizadora de la pasión, y como es normal en nuestros jovenzuelos, todo se desencadenó según el desarrollo normal de las parejas: besos, manos juntas, besos en… El amor de significado sincero que se profesaron desde un comienzo poco a poco sustituyó a Dios, y llevó a la feliz pareja a la intimidad más profunda posible: el coito humano. El acto sexual hizo amarras tan gruesas que ni el Destino (esa infinita cadena de causas y efectos), aunque propuesto lo hubiese, pudo separarles ni la carne ni el alma.
Sin embargo, se dice, y se dice bien, que los defectos, la faz del alma verdadera, se agazapa y espera paciente hasta que la pasión se escurre y deja mínimas fisuras; y aparece con el tiempo, disolvente universal, la mancha del acto; y por esas mínimas fisuras se mira el defecto, se ve y se cuela el egoísmo como un perfume, hasta que impregna los asuntos más cotidianos y baladíes. En definitiva se destruye hasta el amor más prometido, como alguna vez lo intuyó la conciencia religiosa de Carlos superficialmente. Es probable encontrar algo de esta luctuosa dinámica del amor en los motivos del señor X, un ser religioso; dinámica que me propuse esbozar sucintamente, sin rigurosidad. Hace ya tiempo el ser-religioso, en algunas culturas, no es opuesto al ser-asesino. Hay un poder justificador en la fe…
Exactamente, la primera semilla de este horror-crimen, si se me permite esta imagen de parábolas, se sembró en el instante del celo que proviene al descubrir el libidinoso pasado del otro, de la pareja, pasado que en este siglo de apología de la promiscuidad es muy vasto. No tuvo X la normalidad para digerir (¡la normalidad!), ni siquiera la voluntad de olvido para apaciguar el dolor recalcitrante de los viejos pecados. Fue su mente incapaz de un discernimiento esencial y básico: la distinción entre lo pasado y lo presente. Hizo, desquiciadamente, historia contemporánea de todos los pormenores que su mujer le refirió, ingenuamente, en muestra de confianza absoluta. El corazón se le atolló de rabia ante amores y deseos y fruiciones pasadas, en un espasmo espeso, sin saber si a causa de celos inútiles o si a causa del descubrimiento de la imperfección moral o si a causa del pecado en el ser que creía más perfecto, la mujer, su mujer. Así que la mató, según él, porque se lo merecía.
El narrador, antes de continuar el detallado desenlace, se declara incompetente en su carne. Ha querido reflexionar en torno al tema escabroso, pero no encuentra justificación. Piensa que los hechos son atribuibles a pulsiones animales que aún habitan en nosotros; pulsiones que la evolución, en su tardo avance de buey, no ha podido desterrar. Pulsiones que, afortunadamente, la mayoría de los hombres domina bajo diversos pretextos: la religión, la moral, el amor o un vago concepto del éxito.
—
Y ya no podía detenerse. Después de la cachetada, frágil en el suelo, de una firme patada la destungó como un niño mañoso descabeza un geranio. Se partió el cráneo, como una fruta sabrosa, contra la mesita de centro. No había dudas, por el desparramo de sesos, de su muerte.
El último problema antes del remordimiento que sigue al crimen pasional ejecutado con mínimo método, es asunto común a todo asesino: el desaparecimiento del cadáver. Sin duda con otros fines más piadosos, el Dios de X había movido los hilos de la vida para que al momento del arrebato se encontrara entre los utensilios de la casa una juguera, aparato moderno y práctico que había demostrado ser muy bueno para moler el maíz y los huesos de las celebradas cazuelas (atributo más famoso de la muerta, después de su devoción al marido). X pensó: “ …la juguera…”. Y fue cuestión de una sola semana parsimoniosa. La cortó en trozos el martes; el miércoles los hirvió, para ablandarlos, en la olla; el cocido de la olla, a la juguera, un viernes. Hizo zumo bastante espeso de cada miembro de la mujer. Y se deshizo del cuerpo, y talvez del alma, gota a gota por la cañería, el domingo.
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Jueves, 16 de agosto de 2007
El restaurante chino era un recuerdo y un malestar ácido en el estómago. Ella, más dominante, guardaba las llaves en su cartera y en general abre las puertas y toma las decisiones. Su nombre es Angélica. Sin embargo, no le importa a su pareja. ¿Qué placer es posible hallar en destinar los frágiles sucesos de la vida de personas? Ninguno. Buscar un deleite, sea con mínima sofisticación, es el único imperativo de Alejandro. Una vez adentro del hogar el ritual consiste en arrellanarse según la liturgia que exige el cansancio sobre el sofá. Entraron a la casa.
Se abrazan. Las blanduras de la espuma o pluma de ganso o la felpa son propicias para el abrazo; pero no compraron precisamente aquel sofá por la calidad de sus materiales, sino por la calidad de los futuros abrazos que el sofá prefiguraba y su color. En un recorrido de rutina por la tienda se encapricharon, sincrónicamente, con el rojo de las cubiertas. Éste, se dijeron. Y sin duda, a juzgar por el contraste minimalista entre el blanco-hospital de las paredes y el maravilloso rojo-sofá del objeto, no hubo error estético. Se abrazan allí por lo menos, en tiempo de enamorados, un cuarto de hora.
¿Quién sabe qué pensaban realmente allí sentados? Nadie. No es dado al hombre conocer al hombre. El interior de la humanidad es inexpugnable. Ni la propia voz puede develarlo. Pero a pesar de la imposible metáfisica humana, Angélica le abrazaba. Y al dictado de una pulsión de abrir los ojos, delicadamente abrió sus ojos. Al unísono silencio Alejandro respondió en idéntico reflejo. Y sin un pretexto en el cual desviar la vista, aséptico su gusto ornamental, se encontraron, se percibieron, algo frustrados, como si mirasen un espejo que no devuelve la propia imagen. Iniciaron un tenue diálogo, un tanto tímidos, trémulos del impredecible grosor de las palabras. El abrazo desinteresado, la confianza desmesurada para dejar caer su cabeza en el regazo del otro, sin duda develaban su condición de amantes y mostraba a ambos espíritus en actitud pura y fraternal. Un éxtasis de pareja, infrecuente, típico en los monjes pero no en los amantes, los invadió en el vacío de la decoración.
El hombre, con los ojos en una mujer, asciende fuera del tiempo; la mujer, con los ojos en un hombre, fuera del espacio. Alcanzan un trocito del Ser Eterno. Las palabras de aquel diálogo, tímido en principio, táctil en su final, eran abejas mandadas a buscar el zumo de la flor. Retornaban llenas de ínfimos fragmentos del alma del otro. Comunicación, metáforas, pensó Alejandro; amor, química, pensó Angélica, y se abandonaron. Pero la voz no es suficiente y jamás alcanza los escondrijos. Quizá es sano conformarse con llegar a la piel.
Sus vástagos morenos (¿Los de él, los de ella?), huesudos de la mano, muy parecidos, engendraban un fragor ligero en su cuerpo, un viento como el que nace del sol cuando le acercas el oído. Qué mapa guiaba su camino, ¿el sueño? La luz huyó de las ventanas y del día. Abandonó la casa. Y desnudos como la luna, no la necesitaban. Sucedieron los días a los días, sin cansancio, siempre retorno. Y esas largas extremidades del macizo Alejandro ya no eran amplias. Y no había tardanza para Angélica. El seno, su orgullo, perdió su aire. La ancha espalda rechazó su grosor. Pero abrazados, siempre abrazados, el vientre de ambos parecía haber derrotado el hambre. ¿Dónde estaba el dolor? Menudos, jugaban infantiles. Despojados de todo sobre un sofá, gimotean dos niños irreductibles
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Martes, 13 de marzo de 2007
Debido a inestabilidades en el sistema de bitacorae he conseguido nueva casa: ¡visítame! Miguel Alejo
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Jueves, 07 de diciembre de 2006
Resulta, entonces, que algunas cosas sólo pueden ser vistas, como la felicidad. Desde un segundo piso, por ejemplo, veo estudiantes, alegres, bromeando y riendo mutuamente: es la felicidad, me digo, en alguna de sus formas, son felices. Pero, al momento de buscarla de forma egoísta para mí, para asirla del codo sobre mi pecho y susurrarle, se esfuma. En la televisión, a veces, la representan algunos actores con éxito o, de manera perniciosa, algunos avisos publicitarios la evocan y la asocian con algún producto, y me llega de inmediato la melancolía por el futuro, la quiero, me digo. Pero, la felicidad podemos verla, imaginarla, y nunca viene al cuerpo, no se nos queda en la sangre sucia.
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Lunes, 04 de diciembre de 2006
Hoy hice intento, como es mi ociosa costumbre, a escribir un poema. La primeras líneas versaban Tu beso tenue y fresco, como la lluvia: líneas en evidencia harto vanas, superfluas, si hasta melosas. Me detuve de inmediato, como era de esperar mesura, anticipándome a una pueril composición y reflexioné. “Resulta, pues, Miguel, que escribir no es más que un acto de adivinación y probabilidades”, me dije. “Se trata la cuestión de, mediando el lenguaje, tratar de adivinar lo que el otro (en los casos modestos) o los otros (en asuntos de peces gordos) quieren escuchar. Entonces, un escritor es un tipo dedicado con ahínco profesional a persuadirnos de que es el mejor diciendo.”. Luego, no pude explicarme cómo la sociedad mundial ha tolerado tantos años de Literatura Universal y cómo eleva ídolos tras ídolos si decir es la actividad más simple y universal, análoga a respirar o el latir del corazón. Después redacté la segunda línea, aún más vana y culposa.
Por: Miguel Alejo | Ensayo | Comentarios (1) | Referencias (0)
Lunes, 27 de noviembre de 2006
En nuestras manos la pubertad de la gónada se hincha
como una jalea sexual que anda en bocas
como una jalea de existencia y dura que vendrá mañana
irremediable a nuestro destino de padres que fecunda hijos
y nietos y otros muertos en autos y en sillones descuidados
en espacios de libertad usada en fuegos que no vigilan
donde los trozos de culpa se amontonan en flores de odio
con miedo de costumbre infierno y vida entera y Amor perfecto.
Por: Miguel Alejo | Poemas del erotismo abstracto | Comentarios (5) | Referencias (0)
Miércoles, 22 de noviembre de 2006
Del privilegio que es la vida tengo sus pocas ganas
de morir y de olvidar.
Ganas de perder una idea justa y salir mal.
Puedo, si alcanza esa gracia de macho,
en alguna noche de torpe embarazar
infinitas mujeres de infinitos tristes futuros;
en el placer y con su impronta
perpetuar la humana sucesión de lamentos:
¡ser de eslabón de muertes y olvidos!
Por: Miguel Alejo | Élegos | Comentarios (1) | Referencias (0)
Lunes, 20 de noviembre de 2006
Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.
Quiero escribir, pero me siento puma
quiero laurearme, pero me encebollo;
No hay voz hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.
Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.
Cesar Vallejo, Poemas humanos, 1939.
Por: Miguel Alejo | Albergue | Comentarios (2) | Referencias (0)
Jueves, 16 de noviembre de 2006
Animal del aire raro, enrarecido, turbio
que vienes, que llegas, que entras con tus deseos peludos
a fragmentar en trizas, en pedazos mis fisuras estables;
yo te aborrezco, animal, negro, sudoso,
yo te aborrezco.
Tus mucosas me son horrendas en olores,
en sabor agraz, en dulces muertos y fúnebres,
y tu sabor a gatos y perros, a vacas húmedas detesto.
¡Ah, sólo piedras!
Por: Miguel Alejo | Poesía | Comentarios (4) | Referencias (0)
Jueves, 16 de noviembre de 2006
Isla de soledades y campanas,
los días nos arrojan hacia tu acantilado,
tu cima de reposo y de candor,
tu inmensidad que surcan las horas y los pájaros.
Tu masa de luz nueva surge en medio del tiempo
y tu oro semanal repartes gradualmente
animando jardines
y volviéndonos ricos de parcelas celestes.
Como a lecho o espuma ansiada tocan
nuestros cansados pies a tu ultimo peldaño
o conmovida cúpula con pájaros de vino
que celebran la dulce vacación de las manos.
Náufragos semanales llegamos a tus costas
a saciarnos de luces
y a buscar la palmera del reposo
o el plano del tesoro escondido en las nubes.
Jorge Carrera Andrade, en Revista La gaceta, número 357, año 2000.
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Martes, 14 de noviembre de 2006
Es natural su inconformidad, piensa, refiriéndose a sí mismo. El pobre, un macho, sufre, hoy, la costumbre de su presente y una fisura. En días así, llenos de vanas ideas, prefiere encender la radio y callarse. Son días, por supuesto, que no trabaja como es debido para la buena conciencia, días que habitan bien pintados en la memoria compartida: la tarde de sábado, casi siempre; y todo el día de su lento domingo.
-Mañana, hoy no. Estoy cansado. No quiero.
Es un pesado, un plomo, piensa y llora, después de colgar el teléfono con su rabia de mujer. Ella lo quiere o, por lo menos, se ha hecho la idea de que a alguien se debe querer. Piensa en los hijos, que alguna vez soñó, buscando la tranquilidad en la nostalgia por el futuro; pero acaba cansándose y le vuelve la rabia de mujer.
Por: Miguel Alejo | Prosas | Comentarios (2) | Referencias (0)
Sábado, 11 de noviembre de 2006
Se construye
el minuto
presente+presente:
como
un
tétrix
temporal
Acaso Dios
jugando
acaso objetos
jugando
Y así la eternidad
Por: Miguel Alejo | Antipoesía y poesía objetual | Comentarios (0) | Referencias (0)
Jueves, 09 de noviembre de 2006
I
Estos niños se quieren querer:
de mañana
temprano
de tarde
cayendo
de noche
dormidos
Llenan su corazón
con el otro y con el suyo:
¡estos niños tiernos!
Él escribe cosas para ella
Ella escribe cosas para él
¡y ambos bajan del cielo una flor!
II
Estos niños se quieren:
(la magia roja atrapada en esa palabra)
de improviso
en sorpresa
de enredos
en alcobas
de jugando
en verdes plazas
Llenan su alma con Dios
con el otro y con el amor:
¡estos niños santos!
Ella escribe cosas para él
Él escribe cosas para ella
ambos bajan del aire una flor
Por: Miguel Alejo | Antipoesía y poesía objetual | Comentarios (1) | Referencias (0)
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