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Martes, 19 de enero de 2010

Conexión PPPoE (de doble marcado) inalámbrica o por cable (Telefónica del Sur en Chile u otras compañías) en Ubuntu 9.10

Conexión PPPoE (de doble marcado) inalámbrica o por cable (Telefónica del Sur en Chile u otras compañías) en Ubuntu 9.10


Quienes poseen una conexión PPPoE (también llamadas de doble marcado), ya sea de Telefónica del Sur (en Chile) u otras compañías, padecen la dificultad de que este tipo de conexión no es soportada por network manager, el gestor de redes por defecto de Ubuntu 9.10 Es frecuente que al usar la linea de comando sudo pppoeconf en el terminal esta funcione en primera instancia, pero falle al apagar y reencender el sistema debido a un bug en network manager. Dentro de las varias soluciones posibles he elegido la más útil a mi entender, ya que permite conectar pppoe por cable o wireless.

 



Conexión PPPoE (de doble marcado) inalámbrica o por cable (Telefónica del Sur en Chile u otras compañías) en Ubuntu 9.10


Quienes poseen una conexión PPPoE (también llamadas de doble marcado), ya sea de Telefónica del Sur (en Chile) u otras compañías, padecen la dificultad de que este tipo de conexión no es soportada por network manager, el gestor de redes por defecto de Ubuntu 9.10 Es frecuente que al usar la linea de comando sudo pppoeconf en el terminal esta funcione en primera instancia, pero falle al apagar y reencender el sistema debido a un bug en network manager. Dentro de las varias soluciones posibles he elegido la más útil a mi entender, ya que permite conectar pppoe por cable o wireless.


  1. Antes de comenzar, deben desintalar network manager de su computador. Esto se puede realizar desde el terminal o desde el gestor de paquetes synaptic. La forma más simple de utilizar es a través del gestor de paquetes synaptic. Para abrirlo deben ir a sistema, luego a administración y hacer clic en el gestor de paquetes synaptic. Una vez abierto escriben en el recuadro de búsqueda rápida network-manager y seleccionan para desintalar network-manager y network-manager-gnome (ambos estarán marcados con verde si los tienen instalados; usted debe desinstalarlo haciendo clic derecho sobre network-manager y network-manager-gnome. Desinstale todo lo que el sistema le diga que es necesario desinstalar.)

  2. Una vez desinstalado network manager se debe instalar otro gestor de redes que permite pppoe sin problemas y que se llama wicd. Para instalar wicd como gestor de redes debes hacerlo desde el gestor de paquetes synaptic (si tienes como conectar a internet) o, en su defecto, puedes descargarlo desde otro computador ya conectado o desde un ciber en la siguiente dirección http://wicd.uptodown.com/ubuntu/ (el archivo que descargues tener la extensión .deb (debian)). Colocas el archivo con wicd en un pendrive y los instalas en el computador que quieres conectar con pppoe (para instalarlo solo debes hacer clic sobre el archivo y seguir las instrucciones).

  3. Si ya instalaste wicd, luego puedes conectar el cable hacia el router y automáticamente se detectará la conexión. Si quieres conectarte a través del dispositivo inalámbrico (wireless), no conectes el cable de ethernet y en su lugar debes configurar el wireless. (Si no te funciona el wireles debido a que nos has podido descargar el controlador privativo, es recomendable que te conectes por cable y luego de descargar el controlador privativo te conectas por wireles). Wicd funciona como el gestor de redes inalámbricas de window: haciendo clic en el icono de redes veras el listado de las redes disponibles. Seleccionas la tuya e ingresas la clave wep correspondiente a tu red inalámbrica. Si usas telsur, deberás seleccionar el tipo de cifrado Wep Passphrase y luego ingresar la clave de tu red inalámbrica. Solo si has conectado uno de los dos dispositivos, por cable o inalámbrico, puedes pasar al siguiente paso.

  4. Para el siguiente paso debes usar el terminal o consola que se encuentra en aplicaciones, luego accesorios, y luego en terminal. Una vez que abres el terminal debes escribir sudo pppoeconf. Te pedirá tu contraseña de administrador. La ingresas. El programa buscará el router o modem en el dispositivo inalámbrico o por cable. Si no detecta un dispositivo, esto se debe a que algunos de los pasos previos fue mal realizado u a otra causa. Si encuentra el dispositivo sigue los pasos en la pantalla y acepta las opciones por defecto. Debes tener a mano tu nombre de usuario (por ejemplo xxxxxxx@telsur y tu clave xxxx para acceder a internet, ambas otorgadas por tu proveedor). Las ingresas cuando las pida el programa. Cuando te pregunte si deseas que se conecte automáticamente marca sí. Una ves hecho esto tu computador se conectará automáticamente al inicio a internet mediante pppoe.


Resumen: 1. Desintalar network manager, 2. instalar wicd, 3. configurar una conectivo a modem o router por cable o wireles, 4. una vez conectado a wireles o cable se debe finalmente configurar el adsl a traves del terminal con el comando sudo pppoeconf.


Atte., Miguel Alejo.

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Martes, 19 de enero de 2010

Huawei E226 (de Entel PCS u otras compañías) en Ubuntu 9.10 con network manager

Huawei E226 (de Entel PCS u otras compañías) en Ubuntu 9.10 con network manager

Quienes utilizan el dispositivo Huawei E226 de Entel PCS (u otras compañías) deben seguir los siguientes pasos para que el dispositivo funcione correctamente en Ubuntu 9.10 La solución la encontré en el post de un usuario centro americano. Yo solo intento hacer una adaptación para Chile de lo que propuso el usuario centro americano. Doy muchos detalles pensando principalmente en ayudar a los principiantes que recién comienzan en Ubuntu. Los siguientes pasos son aplicables solo si tienes network manager, el gestor de redes que viene instalado por defecto en Ubuntu 9.10

Huawei E226 (de Entel PCS u otras compañías) en Ubuntu 9.10 con network manager

Quienes utilizan el dispositivo Huawei E226 de Entel PCS (u otras compañías) deben seguir los siguientes pasos para que el dispositivo funcione correctamente en Ubuntu 9.10 La solución la encontré en el post de un usuario centro americano. Yo solo intento hacer una adaptación para Chile de lo que propuso el usuario centro americano. Doy muchos detalles pensando principalmente en ayudar a los principiantes que recién comienzan en Ubuntu. Los siguientes pasos son aplicables solo si tienes network manager, el gestor de redes que viene instalado por defecto en Ubuntu 9.10

1.Introducir el dispositivo Huawei E226 en la ranura usb antes de encender el computador.

2.Encender el computador y una vez iniciado Ubuntu configurar la conexión. Para ello deben hacer clic en el icono de red que aparece en la barra superior del escritorio (contiguo al icono de volumen y batería) y luego seleccionar configurar GSM. Se iniciará el asistente.

3.Una vez en el asistente seleccionan el país, luego la compañía proveedora, y por último marcan plan determinado. Si han hecho los pasos descritos correctamente, aparecerá el icono de la señal y un mensaje de que el dispositivo se ha conectado. Sin embargo, no podrán conectarse a internet aún. Para ello deben realizar los pasos 4 y 5.

4.En seguida deben abrir sistema, luego preferencias y luego conexiones de red. Una vez abierto conexiones de red, hagan clic en la pestaña de banda ancha móvil. Allí seleccionan entel pcs predeterminado (o su conexión respectiva) y cliquean en editar.

5.Cuando se abra la ventana editar, deben marcar el casillero de conectar automáticamente y luego ir a la pestaña IPv4 y seleccionar en método solo direcciones automáticas (ppp). Más abajo en la misma pestaña deben introducir las DNS publicas de Google 8.8.8.8, 8.8.4.4 (deben introducir todos los números, incluyendo la coma y puntos). Una vez echo esto ya estarán en condiciones de navegar utilizando banda ancha móvil mediante el Huawei E226 en Ubuntu 9.10.

Con deseos de ayudar difundir el uso de software libre (y medianamente libre), Atte. Miguel Alejo.

Por: Miguel Alejo | Software Libre | Comentarios (1) | Referencias (0)

Martes, 22 de diciembre de 2009

LA ETERNIDAD DEL TRIGO

Segundo Humberto, In Memoriam

He soñado contigo, abuelo.
Vas jugando en la mañana verde del sur,
riendo en la otra rivera,
esquivando los álamos añosos,
siguiendo la incansable pelota derruida del tiempo,
conformando una travesura perenne.

He soñado contigo, abuelo.
Vas montando en la llanura no conocida,
arreando animales hacia las praderas de la soledad y el viento
para que beban la infinitud en el río.

He soñado contigo, abuelo.
Llevas en tus brazos morenos la mujer de tus amores.
La posees bajo el único manzano del huerto para saciar la sed que nos deja la muerte.

He soñado contigo, abuelo.
Eternamente joven, vas surcando sobre un bote escarlata la llanura de trigos,
navegando en la mies madura de la eternidad.

 

Primer Premio Concurso Artístico Estudiantes UFRO 2009

Por: Miguel Alejo | Poesía | Comentarios (0) | Referencias (0)

Martes, 22 de diciembre de 2009

Retornando a casa

Volveré a utilizar esta bitácora. Desde ahora en adelante toda mis publicaciones estarán aquí.

Por: Miguel Alejo | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

Viernes, 23 de noviembre de 2007

Septiembre 90

Cómo van pasando tantas cosas
caras, amigos, rencores
amores y olvidos
cómo vas pasando tú
entre la niebla húmeda
y estas paredes que se
llenan de tu ausencia
larga, demasiado larga
que ya se hace eterna, perpetua
y amenaza desaparecer, como los
verdes bosques que de antaño
crecen mi pueblo.

Miguel Rodrigo Concha, en Poemas de juventud adolescente, 2006.

Por: Miguel Alejo | Albergue | Comentarios (1) | Referencias (0)

Jueves, 16 de agosto de 2007

La Señora de X en El Desagüe


Entonces, habiendo no resistido la fatiga del día, no tolerando la indiferencia de sus ojos que la televisión preferían como ya cotidiano oprobio, escupió una cachetada que rompió el aire. La primera gota de sangre resbaló por el labio carnoso de la mujer: todo había comenzado y ya no podía detenerse.







Como siempre nos confirma la nostalgia, los primeros días de conocerse fueron idílicos. Él, Carlos, era moralmente perfecto, religioso, y esto sedujo a la mujer, porque el Príncipe Azul de su cultura exigía tales atributos. Ella, Andrea, la seducida, ni menos ni más era el yugo igual recomendado por cualquier rabino: una hembra, aparte de bonita y de culo erguido, en perfecta concordancia con la doctrina del Santo Apostol. Pasado el tiempo de una corta amistad, casi obstaculizadora de la pasión, y como es normal en nuestros jovenzuelos, todo se desencadenó según el desarrollo normal de las parejas: besos, manos juntas, besos en… El amor de significado sincero que se profesaron desde un comienzo poco a poco sustituyó a Dios, y llevó a la feliz pareja a la intimidad más profunda posible: el coito humano. El acto sexual hizo amarras tan gruesas que ni el Destino (esa infinita cadena de causas y efectos), aunque propuesto lo hubiese, pudo separarles ni la carne ni el alma.



Sin embargo, se dice, y se dice bien, que los defectos, la faz del alma verdadera, se agazapa y espera paciente hasta que la pasión se escurre y deja mínimas fisuras; y aparece con el tiempo, disolvente universal, la mancha del acto; y por esas mínimas fisuras se mira el defecto, se ve y se cuela el egoísmo como un perfume, hasta que impregna los asuntos más cotidianos y baladíes. En definitiva se destruye hasta el amor más prometido, como alguna vez lo intuyó la conciencia religiosa de Carlos superficialmente. Es probable encontrar algo de esta luctuosa dinámica del amor en los motivos del señor X, un ser religioso; dinámica que me propuse esbozar sucintamente, sin rigurosidad. Hace ya tiempo el ser-religioso, en algunas culturas, no es opuesto al ser-asesino. Hay un poder justificador en la fe…



Exactamente, la primera semilla de este horror-crimen, si se me permite esta imagen de parábolas, se sembró en el instante del celo que proviene al descubrir el libidinoso pasado del otro, de la pareja, pasado que en este siglo de apología de la promiscuidad es muy vasto. No tuvo X la normalidad para digerir (¡la normalidad!), ni siquiera la voluntad de olvido para apaciguar el dolor recalcitrante de los viejos pecados. Fue su mente incapaz de un discernimiento esencial y básico: la distinción entre lo pasado y lo presente. Hizo, desquiciadamente, historia contemporánea de todos los pormenores que su mujer le refirió, ingenuamente, en muestra de confianza absoluta. El corazón se le atolló de rabia ante amores y deseos y fruiciones pasadas, en un espasmo espeso, sin saber si a causa de celos inútiles o si a causa del descubrimiento de la imperfección moral o si a causa del pecado en el ser que creía más perfecto, la mujer, su mujer. Así que la mató, según él, porque se lo merecía.



El narrador, antes de continuar el detallado desenlace, se declara incompetente en su carne. Ha querido reflexionar en torno al tema escabroso, pero no encuentra justificación. Piensa que los hechos son atribuibles a pulsiones animales que aún habitan en nosotros; pulsiones que la evolución, en su tardo avance de buey, no ha podido desterrar. Pulsiones que, afortunadamente, la mayoría de los hombres domina bajo diversos pretextos: la religión, la moral, el amor o un vago concepto del éxito.







Y ya no podía detenerse. Después de la cachetada, frágil en el suelo, de una firme patada la destungó como un niño mañoso descabeza un geranio. Se partió el cráneo, como una fruta sabrosa, contra la mesita de centro. No había dudas, por el desparramo de sesos, de su muerte.

El último problema antes del remordimiento que sigue al crimen pasional ejecutado con mínimo método, es asunto común a todo asesino: el desaparecimiento del cadáver. Sin duda con otros fines más piadosos, el Dios de X había movido los hilos de la vida para que al momento del arrebato se encontrara entre los utensilios de la casa una juguera, aparato moderno y práctico que había demostrado ser muy bueno para moler el maíz y los huesos de las celebradas cazuelas (atributo más famoso de la muerta, después de su devoción al marido). X pensó: “ …la juguera…”. Y fue cuestión de una sola semana parsimoniosa. La cortó en trozos el martes; el miércoles los hirvió, para ablandarlos, en la olla; el cocido de la olla, a la juguera, un viernes. Hizo zumo bastante espeso de cada miembro de la mujer. Y se deshizo del cuerpo, y talvez del alma, gota a gota por la cañería, el domingo.


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Jueves, 16 de agosto de 2007

Metamorfosis Duo

El restaurante chino era un recuerdo y un malestar ácido en el estómago. Ella, más dominante, guardaba las llaves en su cartera y en general abre las puertas y toma las decisiones. Su nombre es Angélica. Sin embargo, no le importa a su pareja. ¿Qué placer es posible hallar en destinar los frágiles sucesos de la vida de personas? Ninguno. Buscar un deleite, sea con mínima sofisticación, es el único imperativo de Alejandro. Una vez adentro del hogar el ritual consiste en arrellanarse según la liturgia que exige el cansancio sobre el sofá. Entraron a la casa.

Se abrazan. Las blanduras de la espuma o pluma de ganso o la felpa son propicias para el abrazo; pero no compraron precisamente aquel sofá por la calidad de sus materiales, sino por la calidad de los futuros abrazos que el sofá prefiguraba y su color. En un recorrido de rutina por la tienda se encapricharon, sincrónicamente, con el rojo de las cubiertas. Éste, se dijeron. Y sin duda, a juzgar por el contraste minimalista entre el blanco-hospital de las paredes y el maravilloso rojo-sofá del objeto, no hubo error estético. Se abrazan allí por lo menos, en tiempo de enamorados, un cuarto de hora.

¿Quién sabe qué pensaban realmente allí sentados? Nadie. No es dado al hombre conocer al hombre. El interior de la humanidad es inexpugnable. Ni la propia voz puede develarlo. Pero a pesar de la imposible metáfisica humana, Angélica le abrazaba. Y al dictado de una pulsión de abrir los ojos, delicadamente abrió sus ojos. Al unísono silencio Alejandro respondió en idéntico reflejo. Y sin un pretexto en el cual desviar la vista, aséptico su gusto ornamental, se encontraron, se percibieron, algo frustrados, como si mirasen un espejo que no devuelve la propia imagen. Iniciaron un tenue diálogo, un tanto tímidos, trémulos del impredecible grosor de las palabras. El abrazo desinteresado, la confianza desmesurada para dejar caer su cabeza en el regazo del otro, sin duda develaban su condición de amantes y mostraba a ambos espíritus en actitud pura y fraternal. Un éxtasis de pareja, infrecuente, típico en los monjes pero no en los amantes, los invadió en el vacío de la decoración.

El hombre, con los ojos en una mujer, asciende fuera del tiempo; la mujer, con los ojos en un hombre, fuera del espacio. Alcanzan un trocito del Ser Eterno. Las palabras de aquel diálogo, tímido en principio, táctil en su final, eran abejas mandadas a buscar el zumo de la flor. Retornaban llenas de ínfimos fragmentos del alma del otro. Comunicación, metáforas, pensó Alejandro; amor, química, pensó Angélica, y se abandonaron. Pero la voz no es suficiente y jamás alcanza los escondrijos. Quizá es sano conformarse con llegar a la piel.

Sus vástagos morenos (¿Los de él, los de ella?), huesudos de la mano, muy parecidos, engendraban un fragor ligero en su cuerpo, un viento como el que nace del sol cuando le acercas el oído. Qué mapa guiaba su camino, ¿el sueño? La luz huyó de las ventanas y del día. Abandonó la casa. Y desnudos como la luna, no la necesitaban. Sucedieron los días a los días, sin cansancio, siempre retorno. Y esas largas extremidades del macizo Alejandro ya no eran amplias. Y no había tardanza para Angélica. El seno, su orgullo, perdió su aire. La ancha espalda rechazó su grosor. Pero abrazados, siempre abrazados, el vientre de ambos parecía haber derrotado el hambre. ¿Dónde estaba el dolor? Menudos, jugaban infantiles. Despojados de todo sobre un sofá, gimotean dos niños irreductibles

Por: Miguel Alejo | Prosas | Comentarios (0) | Referencias (0)

Jueves, 07 de diciembre de 2006

De la felicidad y su contemplación

Resulta, entonces, que algunas cosas sólo pueden ser vistas, como la felicidad. Desde un segundo piso, por ejemplo, veo estudiantes, alegres, bromeando y riendo mutuamente: es la felicidad, me digo, en alguna de sus formas, son felices. Pero, al momento de buscarla de forma egoísta para mí, para asirla del codo sobre mi pecho y susurrarle, se esfuma. En la televisión, a veces, la representan algunos actores con éxito o, de manera perniciosa, algunos avisos publicitarios la evocan y la asocian con algún producto, y me llega de inmediato la melancolía por el futuro, la quiero, me digo. Pero, la felicidad podemos verla, imaginarla, y nunca viene al cuerpo, no se nos queda en la sangre sucia.

Por: Miguel Alejo | Ensayo | Comentarios (4) | Referencias (0)

Lunes, 04 de diciembre de 2006

Del valor literario, Microensayo

Hoy hice intento, como es mi ociosa costumbre, a escribir un poema. La primeras líneas versaban Tu beso tenue y fresco, como la lluvia: líneas en evidencia harto vanas, superfluas, si hasta melosas. Me detuve de inmediato, como era de esperar mesura, anticipándome a una pueril composición y reflexioné. “Resulta, pues, Miguel, que escribir no es más que un acto de adivinación y probabilidades”, me dije. “Se trata la cuestión de, mediando el lenguaje, tratar de adivinar lo que el otro (en los casos modestos) o los otros (en asuntos de peces gordos) quieren escuchar. Entonces, un escritor es un tipo dedicado con ahínco profesional a persuadirnos de que es el mejor diciendo.”. Luego, no pude explicarme cómo la sociedad mundial ha tolerado tantos años de Literatura Universal y cómo eleva ídolos tras ídolos si decir es la actividad más simple y universal, análoga a respirar o el latir del corazón. Después redacté la segunda línea, aún más vana y culposa.

Por: Miguel Alejo | Ensayo | Comentarios (1) | Referencias (0)

Lunes, 27 de noviembre de 2006

There

En nuestras manos la pubertad de la gónada se hincha
como una jalea sexual que anda en bocas
como una jalea de existencia y dura que vendrá mañana
irremediable a nuestro destino de padres que fecunda hijos
y nietos y otros muertos en autos y en sillones descuidados
en espacios de libertad usada en fuegos que no vigilan
donde los trozos de culpa se amontonan en flores de odio
con miedo de costumbre infierno y vida entera y Amor perfecto.

Por: Miguel Alejo | Poemas del erotismo abstracto | Comentarios (5) | Referencias (0)

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